Más allá de la transición

La crisis venezolana suele explicarse desde la coyuntura política, pero su raíz — y el éxodo de una cuarta parte de su población — tiene una razón estructural. Quizás sea fruto de mi propia geografía, pero hoy percibo la realidad de Venezuela como una expresión dramática de una falla tectónica cuyo origen data tres siglos o algo más.
La disonancia no fue un acto abrupto. Antes de 1730, Caracas, favorecida por su clima y la belleza tropical, por la cercanía a un puerto, y su semblanza montañosa de ciudad amurallada, venía acumulando una hegemonía gradual.
Esa capitalidad incipiente alcanzó -sin embargo- un primer punto de torsión con la llegada de la Compañía Guipuzcoana, la compañía vasca a la que la corona española concedió monopolio de su riqueza territorial. De allí que esa primacía orgánica se transformó -desde Caracas- en un orden impuesto que se sobreponía a una vocación histórica de orientación federal. Paradójicamente, esa ruptura fue el motor de nuestra primera gran fractura histórica: la Guerra de Independencia.
Fue el motivo de que una capitanía general, relativamente pequeña y despoblada, pero inusualmente rebelde e ilustrada, encabezara -con el liderazgo, primero de Miranda y luego de Bolívar- las luchas por la emancipación de América. Es importante subrayar que Venezuela actuó movida por ideales, no por fortuna, que jamás reclamó posesión de las tierras que liberó. Esa generosidad de sangre y pensamiento proyectó a la nación más allá de sus fronteras, sembrando —sin querer— en el imaginario las semillas de una tensión interna entre un centro que dirige y una provincia que responde.
La evidencia de esta anomalía es recurrente: Venezuela, si en rigor excluimos mandatos breves y accidentales —los de Tovar y Sanabria—, solo ha tenido un jefe de Estado de indiscutible raigambre caraqueña¹. El poder siempre ha sido una fuerza que viene de los márgenes para ocupar un centro que le es ajeno. Inicialmente fue del Llano, y luego de los Andes.
Esa tensión también explica por qué, en crisis fundacionales, el país ha buscado su gravedad fuera de la capital: Valencia ha sido tres veces capital de la República, mientras que Maracay fue el asiento real de la presidencia durante veintisiete años, fruto de la astucia y el agudo olfato de Juan Vicente Gómez.
Tras la Gran Depresión, el surgimiento de un Estado rico y dueño del petróleo terminó por aniquilar la economía agrícola, destruyendo los anclajes del poder regional. El boom petrolero de los años ‘70 acentuó la centralidad de Caracas, trasladando los incentivos económicos de la producción a la especulación, y trastocando además las coordenadas éticas que habían servido de cauce a un desarrollo sostenido.
Al volcarse los capitales hacia la rapacidad de la renta y el amiguismo, así como a la especulación inmobiliaria en una ciudad ya saturada, la disonancia entre la capitalidad caraqueña y la geografía hizo crisis. De allí los lodos que han traído la tragedia.
El Caracazo en 1989, una reacción violenta de la población que sembró muerte, saqueo y destrucción, fue el primer campanazo. Luego vinieron las intentonas militares de 1992, seguidas en 1998 por el colapso de los dos grandes partidos de la democracia venezolana, y se inicio nuestro vía crucis.
La estructura de control que se inicia con la Guipuzcoana había llegado a su límite. Caracas se había convertido —y aún lo es— en la ciudad más insegura del país; una urbe con la densidad poblacional de Manhattan, pero rodeada no de anchos ríos sino de un cinturón de inseguridad y de miseria. Todo ello agregado a su propia realidad, la de una ciudad topográficamente embotellada, cuya conexión con el resto del país, y con sus aeropuertos, es tan frágil que basta con inutilizar dos túneles para dejarla totalmente aislada.
Nada de esto le resta a Caracas su condición de capital histórica, espiritual y cultural de la nación. Pero para salvar a esa Caracas que amamos, la del Ávila y el aroma del capín melao, la generosa cuna de la libertad de América, debemos liberar a la Caracas que gobierna, hoy atrapada entre el Poder, la codicia, la densidad demográfica y la geografía.
Sabemos de la urgencia de la alternancia y la compartimos. También del anhelo de vivir en democracia. Es algo impostergable. Pero la resolución no vendrá solo por esas vías. Es imposible.
Berlín derribó los muros que la contenían y, al hacerlo, Alemania recuperó su consonancia. Caracas nació entre muros naturales. Muros que ayer la protegieron pero que hoy —siendo inamovibles— la constriñen.
Liberar a Caracas le devuelve su encanto, la enaltece.
Venezuela, su geografía entera, Caracas misma —quizás sin percibirlo— quieren vibrar en consonancia.
¹ Se hace referencia a la raigambre caraqueña indiscutible y documentada, como la de Antonio Guzmán Blanco. Si bien fuentes oficiales atribuyen el nacimiento de Nicolás Maduro a la capital, la opacidad administrativa y las controversias sobre su origen impiden, por rigor histórico, incluirlo en la constante estadística de los últimos dos siglos.
