Henrique Salas Römer, egresado de Yale University y miembro del Consejo Asesor del presidente de su Alma Mater (2000–2019), ha vivido en muchos mundos: la empresa privada, la academia y el servicio público — como parlamentario, gobernador y primer presidente de la Asociación de Gobernadores de Venezuela.
En 1998 fue el principal rival de Hugo Chávez en su primera elección presidencial.
Antes de ingresar a la vida pública, fue director general de STRATEGYON, un prestigioso think tank.
También articulista y editor, es autor de El futuro tiene su historia (2019), obra bien recibida por el público lector y elogiada en círculos académicos.

LA GUERRA DE TRUMP

Una guerra de alto vuelo y consecuencias invisibles

La ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán comenzó con un objetivo claro: decapitar la cúpula del régimen y -desde esa posición de fuerza y en medio del desconcierto- forzar la desnuclearización. Era una apuesta quirúrgica que no salió como se esperaba.

La respuesta iraní, mostrando la enorme resiliencia de la estructura que la gobierna, fue inesperadamente sólida. El cierre del Estrecho de Ormuz —por donde fluye el 20 por ciento del petróleo mundial— fue un contragolpe efectivo que cambió las coordenadas del conflicto.

Ante esa realidad, Washington optó por un viraje. Abandonó la ofensiva directa y adoptó una lógica distinta: la guerra de atrición.

Es en ese viraje donde el conflicto adquiere su verdadera dimensión.

El asedio como método

La historia ofrece aquí una analogía útil. En la Europa medieval, la manera de rendir una ciudad amurallada era el asedio: rodear la plaza, cortar sus líneas de suministro, y esperar. No hacía falta escalar los muros si se podía vaciar la despensa. La rendición —si se agotaban las reservas— llegaba sola.

Lo que Estados Unidos ejecuta hoy en el Estrecho de Ormuz sigue esa misma lógica, claro, con instrumentos del siglo XXI. Desde el 13 de abril de 2026, tras el bloqueo naval impuesto en el marco de la Operación Furia Épica, el tráfico por el Estrecho se ha reducido a menos del 5 por ciento de su nivel normal. Irán, que exportaba entre 1.8 y 2 millones de barriles diarios, enfrenta la situación de un sitiado que produce, pero no puede vender.

Washington ha identificado el punto más vulnerable de Irán: sus limitaciones para almacenar petróleo. No es una debilidad circunstancial. Es estructural. La terminal de Kharg Island —por donde Irán movilizaba el grueso de su crudo— opera al 74 por ciento de su capacidad. Teherán ha recurrido además a su llamada flota oscura —tanqueros reactivados usados como almacenamiento flotante— pero la capacidad total, onshore y flotante, no supera los 65 a 75 millones de barriles según Vortexa. A tasas actuales de producción, ese margen cubre entre uno y dos meses con recortes, menos sin ellos. Todo dentro de la ventana de noventa días en la que convergen los demás factores de esta jugada. Transcurrido ese plazo, Teherán no tendrá dónde poner el petróleo que produce. Deberá elegir entre recortar producción drásticamente o asumir daños permanentes en sus propios yacimientos.

Este último punto es técnicamente decisivo. Un cierre forzado de pozos no diseñados para detenerse abruptamente —un shut-in— no es neutro. La intrusión de agua, el hinchamiento de arcillas y las reacciones químicas en las formaciones geológicas pueden reducir la capacidad de extracción de forma irreversible. Las estimaciones del sector hablan de hasta medio millón de barriles diarios perdidos para siempre. La presión no es solo económica. Es geológica. El granero medieval no solo se vacía: se daña. Y el daño es irreversible.

Eso es lo que define una guerra de atrición bien ejecutada: no destruir al adversario desde arriba, sino erosionar su capacidad de resistir desde su punto más frágil, hasta que los costos de continuar obliguen a negociar.

El tablero más amplio: China

Pero la atrición sobre Irán no es —desde nuestra perspectiva— el objetivo final. Es el instrumento de una jugada de mucho mayor alcance.

China es hoy la única potencia con capacidad de desafiar la primacía global de Estados Unidos. Y Pekín tiene dos vulnerabilidades concretas en este conflicto. La primera: adquiría, a precios preferenciales, entre el 80 y el 90 por ciento del crudo iraní que lograba evadir las sanciones previas. La segunda: Las sanciones secundarias estadounidenses sobre refinerías y bancos chinos crean una presión directa y cuantificable.

Pero Pekín -a su vez- controla mundialmente el suministro de minerales críticos —las llamadas tierras raras— indispensables para las industrias de la defensa, los semiconductores y los vehículos eléctricos.

La cumbre Trump-Xi está prevista para mediados de mayo en Pekín. Trump llega a esa mesa con una carta concreta: levantar el bloqueo, restaurar los flujos petroleros, aliviar las sanciones secundarias. El precio que espera a cambio son concesiones sobre minerales críticos y un reequilibrio en serio de la balanza comercial.

Hay además una dimensión que trasciende la cumbre. Al presionar a China en este contexto, Washington busca también que Pekín se alinee con la desnuclearización de Irán —el objetivo original que la ofensiva directa no logró completar. El petróleo iraní es la palanca. China es el destinatario. Y en Irán la desnuclearización sigue siendo el fin.

Beneficios colaterales

Hay un resultado que nadie anticipó con claridad pero que el conflicto viene produciendo: un realineamiento regional de consecuencias históricas. Estados Unidos, Israel y el mundo árabe —con la excepción de Irán y sus aliados— parecen haber encontrado, en la dinámica de este enfrentamiento, un terreno de intereses compartidos.

Los Estados del Golfo cooperaron discretamente en la defensa aérea, y los Acuerdos de Abraham, dados por muertos tras el 7 de octubre, sobreviven como eje de una nueva arquitectura regional. Es un acercamiento construido no sobre confianza sino sobre un adversario común. Y para ambas partes —Israel y el mundo árabe— la perspectiva de un Irán desnuclearizado es, quizás, el mayor de los incentivos.

El riesgo: la variable electoral

Toda jugada de alto valor conlleva un riesgo equivalente.

Las elecciones de medio término —aquellas que en Estados Unidos conducen a una renovación del congreso— son en noviembre de 2026. Si Trump pierde la mayoría en ambas cámaras, sus dos últimos años serán políticamente estériles. Es un hecho que convierte el calendario en una variable estratégica de primer orden.

El bloqueo de Ormuz ha disparado los precios del petróleo. En California, el galón supera los seis dólares, con estaciones en Los Ángeles registrando 6.49 dólares en pagos en efectivo. La media nacional supera los cuatro dólares. En un país donde el automóvil no es un lujo sino una necesidad, ese número se traduce en votos. La Administración Trump lo sabe.

Si la cumbre con Xi produce resultados en mayo, y si eso abre el camino a una desnuclearización negociada con Irán y a la reapertura de Ormuz antes del verano, el colapso de los precios del petróleo se haría sentir en septiembre u octubre —justo en el umbral de la elección de medio término. De lograrse, sería a un mismo tiempo para Trump una victoria diplomática, un gran alivio en el surtidor y una narrativa electoral contundente, todo en un solo movimiento.

La ventana existe. Es de noventa días.

Si en cambio la cumbre fracasa, si Irán resiste más de lo calculado, o si los precios se mantienen altos hasta el otoño, lo que hoy parece una apuesta controlada se convierte en un pesado lastre electoral.

La gramática no cambia

Los instrumentos han cambiado, son del siglo XXI: vigilancia satelital, sanciones sobre sistemas bancarios, flotas de guerra posicionadas con precisión de coordenadas. Pero la lógica del asedio es de origen medieval. Aislar. Cortar el suministro. Esperar a que el adversario calcule sus pérdidas y abra la puerta.

La diferencia es de escala. El asedio medieval era local. Este es planetario. Cuando se derrumba la capacidad petrolera iraní, las consecuencias recorren los mercados globales, alteran los cálculos de Pekín, reconfiguran las alianzas del Golfo y se sienten en el surtidor de un conductor en Los Ángeles.

Los medios ven una guerra en el Medio Oriente. Pero lo que está ocurriendo es otra cosa: una negociación global que se libra con instrumentos militares, con un calendario electoral que no perdona y un tablero cuyo epicentro no está en Teherán sino en Pekín.

Postdata:

Y entre tanto, Cuba observa. Y Venezuela espera.