
VENEZUELA RECLAMA LA CONSONANCIA
Henrique Salas Römer
La crisis venezolana suele explicarse desde la coyuntura política, pero su raíz — y el éxodo de un tercio de su población — tiene una razón estructural. Quizás sea mi propia geografía de contrastes, pero hoy percibo que Venezuela es la expresión dramática de una falla tectónica cuyo origen data tres siglos o algo más.
La disonancia no fue un acto abrupto sino un proceso de sedimentación. Antes de 1730, Caracas ya venía acumulando una hegemonía gradual, favorecida por su clima y la belleza tropical, la cercanía a un puerto, y su semblanza montañosa de ciudad amurallada.
Esa capitalidad incipiente alcanzó su primer punto de torsión con la llegada de la Compañía Guipuzcoana, la compañía vasca a la que la corona española concedió monopolio de su riqueza territorial. De allí que esa primacía orgánica se transformó en un orden impuesto que se sobreponía a una vocación histórica de orientación federal. Paradójicamente, esa ruptura fue el motor de nuestra primera gran fractura histórica: la Guerra de Independencia.
Fue el motivo de que una nación relativamente pequeña y despoblada, pero inusualmente rebelde e ilustrada, encabezara las luchas por la emancipación de América. Es importante subrayar que Venezuela nunca luchó por posesión; de hecho, nunca tomó posesión territorial alguna. Actuó movida por ideales, no por fortuna, y esa generosidad de sangre y pensamiento proyectó a la nación más allá de sus fronteras, sembrando —sin querer— en el imaginario las semillas de una tensión interna entre un centro dirigente y una provincia que obedece.
La evidencia de esta anomalía es recurrente: Venezuela, en rigor, si excluimos mandatos breves y accidentales —los de Tovar y Sanabria—, solo ha tenido un jefe de Estado de indiscutible raigambre caraqueña¹. El poder siempre ha sido una fuerza que viene de los márgenes para ocupar un centro que le es ajeno. Esa tensión también explica por qué, en crisis fundacionales, el país ha buscado su gravedad fuera de la capital: Valencia ha sido tres veces capital de la República, mientras que Maracay fue el asiento real de la presidencia durante veintisiete años, fruto de la astucia y el agudo olfato de Juan Vicente Gómez.
Tras la Gran Depresión, el surgimiento de un Estado rico y dueño del petróleo terminó por aniquilar la economía agrícola, destruyendo los anclajes del poder regional. El boom petrolero acentuó la centralidad de Caracas, trasladó el interés económico de la producción a la especulación, y trastocó las coordenadas éticas que habían servido de cauce a un desarrollo sostenido.
Al volcar los capitales de la producción hacia la rapacidad de la renta y promover la especulación inmobiliaria en una ciudad ya saturada, la disonancia entre la capitalidad caraqueña y la geografía hizo crisis. De allí los lodos que han traído la tragedia.
El Caracazo en 1989, una reacción violenta de la población de Caracas, que sembró muerte, saqueo y destrucción, fue el primer campanazo. Luego vinieron las intentonas militares de 1992, seguidas en 1998 por la virtual desaparición de los dos grandes partidos de la democracia venezolana y el comienzo del vía crucis.
Esa estructura de control que se inicia con la Guipuzcoana había llegado a su límite. Caracas se había convertido —y aún lo es— en la ciudad más insegura del país; una urbe con la densidad poblacional de Manhattan, pero rodeada no de anchos ríos sino de un cinturón de miseria que la apretuja. Es además —y sigue siendo— una ciudad «embotellada», cuya conexión con el resto del país, y con sus aeropuertos, es tan frágil que bastaría con inutilizar dos túneles para dejarla totalmente aislada.
Nada de esto le resta a Caracas su condición de capital histórica, espiritual y cultural de la nación. Pero para salvar a esa Caracas que amamos, la del Ávila y el aroma del capín melao, la generosa cuna de la libertad de América, debemos liberar a la Caracas que gobierna, hoy atrapada entre la codicia y la geografía.
Sabemos de la urgencia de la alternancia y la compartimos. También del anhelo de vivir en democracia. Pero la resolución no vendrá solo por esas vías. Es imposible.
Venezuela —quizás sin advertirlo— anhela y de hecho necesita vibrar en consonancia.
¹ Se hace referencia a la raigambre caraqueña indiscutible y documentada, como la de Antonio Guzmán Blanco. Si bien fuentes oficiales atribuyen el nacimiento de Nicolás Maduro a la capital, la opacidad administrativa y las controversias sobre su origen impiden, por rigor histórico, incluirlo en la constante estadística de los últimos dos siglos.
