Solo el presente está aquí

El Presente Infinito: pantallas, atención fragmentada y un afecto que ya no exige legado.

Un número creciente de países ha empezado a restringir el acceso de menores a las redes sociales, y en Estados Unidos una coalición de 29 estados mantiene una ofensiva judicial contra Meta y otras plataformas. El debate, sin embargo, sigue centrado casi exclusivamente en los daños inmediatos: en la ansiedad, la depresión, la adicción, los trastornos de atención y otros efectos nocivos que pueden marcar la infancia y la adolescencia.

Esas preocupaciones son reales. Lo que se está haciendo es importante y hacen bien quienes la propician. Pero no aborda lo que, a la larga, resulta más decisivo: el efecto sobre la Lente generacional misma y, a través de ésta, sobre la capacidad de imaginar un futuro y de desear la procreación.

En ensayos anteriores he recordado que lo que se imprime entre los 0 y los 15 años no es solo memoria: es el contexto, es el modo habitual de mirar. No es una conclusión nacida solamente de mi observación histórica.

La neurociencia ha demostrado que la experiencia modela la arquitectura cerebral y que la plasticidad extraordinaria de los primeros años disminuye progresivamente con la edad: algunos circuitos se fortalecen, otros se debilitan o desaparecen, y sobre esa arquitectura se construye buena parte del contexto, de la atalaya desde la cual se vive y se juzga todo lo que viene después.

La termodinámica de la información ofrece una descripción complementaria: aprender significa organizar información, reducir incertidumbre y crear orden local mediante un gasto de energía. La Lente generacional se forja en ese intervalo y luego filtra todo lo que viene después.

La historia permite observarlo. Bill Clinton, George W. Bush y Donald Trump nacieron en 1946. Crecieron bajo una misma luz: la extraordinaria afirmación del poder norteamericano de la posguerra con el dólar como eje del sistema monetario, las Naciones Unidas con sede en Nueva York y el orgullo de pertenecer a una nación victoriosa. De ahí nació su Lente y el impulso de consolidar y expandir la Pax Americana.

Esa misma Lente se expresó de formas distintas. Clinton la tradujo en la ampliación de la OTAN, el NAFTA, una gobernanza mediática y empática (“I feel your pain”) y la aplicación decidida del Consenso de Washington a través del Fondo Monetario Internacional. Bush la llevó al nation-building y a la idea de reconstruir desde cero a la antigua Babilonia: Irak. Trump la ha radicalizado al imponer de manera frontal la primacía de Estados Unidos, esta vez a través del lenguaje y la escenografía del reality TV. Tres temperamentos, tres momentos distintos, pero una misma óptica formativa.

Barack Obama nació en 1961, exactamente quince años después. Es otra generación. Su paisaje infantil se formó en un mundo distinto: la Crisis de los Misiles, el Muro de Berlín, el asesinato de Kennedy, la larga guerra de Vietnam —que acompañó toda su niñez hasta la retirada estadounidense de 1973—, la Marcha sobre Washington, los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy, y la imagen de la Tierra vista desde la Luna. Ya no era la primacía indiscutida de la posguerra, sino un mundo más frágil y conflictivo. Por eso su estilo de poder fue distinto: eludió el conflicto, prefirió la negociación. De allí el remoquete: “No Drama Obama”. No fue asunto de carácter. Se trataba de una Lente distinta.

Hoy esa Lente está bajo asedio. El Presente Infinito que propician las redes —el scroll sin fin, el tiempo aplanado, la atención fragmentada— amenaza con impedir que esa Lente perceptiva alcance suficiente profundidad.

Cuando la Lente se forma dentro del Presente Infinito, pierde su profundidad temporal. Sin un pasado sedimentado, la visión de futuro se desvanece. Sin futuro no hay sentido de legado, sin deseo de legado tener hijos no se siente como continuidad… se percibe como carga o como una opción diferible o, simplemente, como un esfuerzo sin un para qué.

El Presente Infinito no solo distrae. Transforma la experiencia del tiempo. En el scroll permanente no hay un antes ni un después: solo un ahora que se renueva sin acumularse.

. En ese contexto, el pasado se vuelve anecdótico y el futuro, una abstracción. La Lente que se forma en ese paisaje pierde contexto, pierde profundidad narrativa y, con ella, su capacidad para despertar emociones vivas.

Sin narrativa —y sin la emoción que la convierte en propia— no hay legado.

El legado no es solo la herencia material. Es la percepción de que algo de lo que uno es y de lo que uno hace debe continuar más allá de uno mismo. Esa percepción requiere un suelo temporal: la sensación de venir de alguna parte y de ir hacia más allá.

Cuando ese suelo se erosiona, la procreación deja de aparecer como continuidad natural y se convierte en una decisión costosa, arriesgada y, para muchos, carente de un sentido profundo.

Por eso la pregunta “¿para qué tener hijos?” está cada vez más presente y es más difícil de responder. No porque la gente haya dejado de amar a los niños, sino porque se ha debilitado el marco temporal dentro del cual la respuesta era evidente e incluso existencial: los hijos constituyen la forma de vivir más allá de la propia vida, de dejar algo de lo que uno ha hecho, de lo que uno es.

El Presente Infinito no actúa en el vacío. Llega después de décadas en las que la procreación fue dejando de ser el horizonte por defecto. La píldora separó sexualidad y reproducción; la incorporación masiva de la mujer al mercado laboral transformó las opciones de vida; y nuevos modelos culturales —Barbie incluida como símbolo— fueron creando un abismo entre realización personal y maternidad.

El teléfono inteligente encontró, por tanto, una puerta que ya estaba abierta. Y la ensanchó.

Las propias redes refuerzan otro desplazamiento. Mientras presentan al usuario imágenes de crueldad y degradación humana, multiplican contenidos que atribuyen emociones y conductas humanas a los animales: el perro o gato que consuela, el cachorro que alegra, el león que protege, el video del elefante que detiene un vehículo para salvarlo de un deslave. El afecto encuentra así un destinatario más simple, más controlable, que exige cuidado, pero no continuidad.

Los números muestran la magnitud del fenómeno. En 1970 la tasa de fertilidad promedio de la OCDE rondaba los 2,8 hijos por mujer; en 2023 había caído a alrededor de 1,4. La caída venía de mucho antes del teléfono inteligente. Pero después de una breve estabilización durante los años 2000 volvió a descender a partir de 2008, precisamente cuando comenzó la difusión masiva del smartphone. Corea del Sur llegó a 0,72 en 2023.

Y aquí aparece un dato difícil de ignorar. Un estudio de 2026 de Caitlin Myers y Ezekiel Hooper, publicado por el NBER, estima que la difusión del iPhone explica entre el 33 y el 52 % de la caída de la tasa general de fertilidad estadounidense desde 2007. Los autores encuentran además indicios compatibles con menor interacción presencial y menor frecuencia sexual.

El estudio aporta evidencia concreta de que el teléfono inteligente afectó la procreación. No demuestra por qué ocurrió todo aquello. Y es allí donde aparece otra posibilidad, la que nosotros sostenemos: que también ha modificado nuestra relación con el tiempo. El de un presente que no pasa, el Presente Infinito, un presente que nunca se convierte en ayer, un presente que no mira al futuro. Ese es el Presente Perpetuo. Así también lo han llamado.

Sin relevo generacional el legado pierde su cauce. Sin transmisión, la historia se convierte en archivo. La cultura pierde continuidad; la comunidad se diluye; la experiencia misma pierde profundidad; y hasta la idea de Nación -en mayúscula- se convierte en abstracción.

La procreación no es solo un hecho biológico. Es el acto mediante el cual una generación entrega el mundo a la siguiente y, al hacerlo, se reconoce como eslabón de una cadena más larga que ella misma.

Cuando ese acto se vuelve excepcional o se posterga indefinidamente, la cadena se interrumpe. Lo que queda no es solo una sociedad con menos niños: es una sociedad que empieza a perder la capacidad de pensarse a sí misma en la trayectoria del tiempo.

Acaso sea ésta la más cruenta de las guerras. En otras mueren seres. Aquí desaparecen mucho antes… sin haber logrado ser.

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