Su encanto y sus fracturas

Viví en Caracas veinte años. De 1970 a 1990. Tiempo de sobra para hacer amigos, ver crecer a mis hijos, y conocer el encanto de la ciudad. También para sentir la fuerza abismal de su transformación.
Vi de cerca la “Democracia con Energía” de CAP 1, y cinco años después la “Venezuela Hipotecada” que denunció su sucesor. Viví el Viernes Negro. Y al ir temprano a mi trabajo, vi muertos en las calles después del Caracazo. Ya próximo a marcharme, sentí de cerca la impetuosa llegada de Fidel Castro como invitado de honor a la segunda juramentación de CAP.
Caracas era —y en el fondo sigue siendo— una ciudad adorable. El Ávila como telón permanente, un clima que no se olvida, espacios sociales gratos, una cultura genuina. Una ciudad que invita a vivir.
Pero el boom petrolero todo lo transformó. Todo, menos su encanto.
Se sentía -no exagero- que navegábamos sobre una ola inagotable de riqueza . La especulación inmobiliaria se convirtió en el oficio predilecto. El venezolano que viajaba al exterior compraba sin mirar el precio. El ‘ta barato, dame dos se hizo proverbial.
Nosotros, como muchas familias que conocimos, procuramos que nuestros hijos se mantuvieran a distancia, pero no todos lo vieron así.
Una generación entera creció creyendo, sobre todo en Caracas, que eso era Venezuela. Que el dinero llegaba solo. Que valía más la relación que el trabajo, más el contacto que la dedicación. Y esa generación —formada en Caracas, convencida de que Caracas es distinta a Venezuela y está más cerca del Cielo— ha terminado copando buena parte del liderazgo político del país.
La lente de la infancia
La psicología política y la economía del comportamiento llevan décadas documentando algo que mis estudios sobre la evolución de la historia confirman: que en los primeros quince años de vida se consolida en cada persona la idea de lo que es normal. Normal en lo económico, en lo político, en lo que una sociedad puede y debe esperar de sí misma. Ese tamiz —formado en la infancia es la lente con la que luego se leen las circunstancias.
La generación que hoy conforma buena parte del liderazgo venezolano se formó en los años setenta, cuando el boom petrolero producía su mayor impacto. Para un niño que creció en Caracas, rodeado de abundancia, de intensificación urbana, sintiendo que Venezuela —por su riqueza— era un país excepcional, aquello no era algo pasajero, aquello era lo normal.
Y luego vino el golpe.
El Viernes Negro de 1983 rompió la ilusión de la estabilidad cambiaria de un día para otro. El Caracazo de 1989 mostró que debajo del barniz de prosperidad había una Venezuela distinta, furiosa, que nadie había querido ver.
Y cuando una generación vive ese arco en sus años formativos —abundancia primero, derrumbe después— algo se instala para siempre: la desconfianza. Desconfianza en las instituciones, y sobre todo en liderazgos individuales. Sea el de CAP o el de Luis o el de Jaime o el que sea.
De ese tamiz nació una manera de hacer política, muy distinta a la que prevaleció en el Siglo XX, con presidentes, todos, hijos de la Venezuela rural, y -todos excepto Gallegos- provenientes de la entonces lejana provincia nacional.
Quien vio cómo se derrumbó todo prefiere repartir el poder, hasta por instinto . Prefiere el acuerdo de cúpula antes que la figura que crece sola y pueda no controlar. Prefiere el contacto, los espacios exclusivos, el club conocido antes que la apuesta incierta.
Lo de hoy es una forma cerrada y excluyente de hacer política, recelosa de las regiones, y de todo liderazgo personal.
Esa es la primera fractura: una visión del país construida sobre el rentismo y la desconfianza, instalada en los años más impresionables de una generación que hoy, y desde hace unos quince años, busca copar todos los espacios de poder.
La ciudad que se alejó del país
Pero hay una segunda fractura, tan profunda como la primera y más difícil de ver porque no está en la historia sino en el mapa.
Caracas es hoy a Venezuela lo que Nueva York es a Estados Unidos —pero llevado al extremo. Nueva York concentra las finanzas, los medios, la cultura. Pero Estados Unidos tiene una capital política, Washington, y también Chicago, Houston, Los Ángeles, Boston. Tiene contrapesos reales. Venezuela no. Caracas lo absorbe todo: el capital financiero, los medios de comunicación, las redes internacionales, las conexiones con Washington y Miami, y la casi totalidad de las élites económicas y políticas del país.
No hay segunda ciudad que equilibre. No hay otro centro que compita.
Eso no es un accidente. Es el resultado de décadas de centralismo petrolero: el petróleo entró por un solo puerto, se administró desde una sola capital, y enriqueció a una sola ciudad. El resto del país recibió lo que —consciente o inconsciente— Caracas decidió repartir.
Y el resto de Venezuela lo percibe.
Su tamiz, el tamiz que se formó en el resto del país, es distinto. No vivió la abundancia de los setenta de la misma manera. Su idea de lo normal es otra. Su Venezuela es distinta. Y, sin embargo, el liderazgo que habla en su nombre lleva décadas mirando desde Caracas, hablando el idioma de Caracas, negociando desde los espacios de Caracas.
Eso produce algo más que distancia geográfica. Produce una distancia de comprensión abismal, genera diferencias que ningún discurso puede cerrar.
Tenemos entonces una doble fractura: un liderazgo formado en la abundancia y el trauma que desarrolló una visión del poder como reparto y del país como renta. Y una capital que absorbió todo el peso del centralismo petrolero, dejando al resto de la nación sin mayor voz o un puesto digno en la mesa donde se deciden las cosas.
Claro, la renta del petróleo se la robaron, pero la estructura sigue allí.
Son dos fracturas que se refuerzan mutuamente. Y que explican, mejor que cualquier conspiración, por qué Venezuela lleva décadas atrapada.
El pragmatismo Vichy
Hay que ser justos con esa generación y con quienes —sin serlo— sintieron en este siglo, o aún antes, diluirse sus anclajes de poder. No todo fue tamiz y comodidad. También incidieron las circunstancias.
Venezuela no vivió una crisis política ordinaria. Vivió la ocupación progresiva de sus instituciones por un proyecto revolucionario foráneo, sostenido desde La Habana, que fue desmantelando sistemáticamente los espacios democráticos durante más de dos décadas.
Frente a esa realidad, el liderazgo opositor desarrolló una estrategia que tenía su propia lógica: la supervivencia. Mantener espacios. Preservar estructuras en ausencia de un anclaje popular. Negociar lo suficiente con el ocupante para seguir existiendo.
Vichy.
En 1940, Francia caída ante la ocupación nazi confió su destino al Mariscal Pétain —héroe de Verdún, figura de enorme prestigio moral— quien estableció en la ciudad termal de Vichy un gobierno que negoció con el ocupante los términos de la derrota. No fue resistencia. Ninguna. Fue supervivencia: la convicción de que preservar algo era mejor que perderlo todo. Pero ese pragmatismo fue cediendo pieza a pieza, concesión tras concesión, hasta volverse cómplice de lo que decía tolerar.
El paralelismo venezolano no es perfecto. Ninguna analogía histórica lo es. Pero la lógica es la misma: un liderazgo que confundió sobrevivir con tolerar, que normalizó la negociación con el régimen hasta convertirla en sistema, que cuando llegó el momento de tomar el poder prefirió repartirlo, quedándose con una tajada.
Un pragmatismo inmoral.
Y lo más revelador es que ese pragmatismo no ha desaparecido. Tiene el don de la ubicuidad. El mismo instinto opera ahora en varios escenarios a la vez.
La excepción que confirma la regla
Es en medio de ese vacío donde surge María Corina Machado.
El dato no es menor: ella también es caraqueña. También se formó en esa ciudad, en esa época. Pero proviene de una familia que, como otras familias caraqueñas, mantuvo durante la bonanza hábitos de trabajo y austeridad. Ese detalle —que parecería anecódtico— lo explica casi todo.
Porque María Corina no habla el idioma del club. No negocia cuotas. No construye poder distribuyendo favores. Propone meritocracia en un ambiente donde esa palabra suena subversiva. Y en lugar de anclar su proyecto en las redes caraqueñas de siempre, salió a caminar el país —el país real, el interior, el Venezuela que no aparece en las reuniones de cúpula.
Y el país le respondió.
Esa respuesta masiva no fue casual. Fue el reflejo de una fractura que llevaba décadas acumulándose en silencio: un liderazgo que hablaba desde Caracas y desde el rentismo, y una mayoría del país que tenía otro tamiz, otra memoria, otra idea de lo que Venezuela puede ser.
Pero la muralla no cedió. Los residuos del viejo sistema —con sus redes económicas, sus contactos internacionales, su paciencia de quien sabe que los ciclos pasan y los intereses permanecen— trasladaron el campo de batalla. Ya no es solo en Caracas donde se libra la disputa por las cuotas. Es también en Washington, donde la capacidad de cabildeo sigue siendo un activo poderoso y donde las decisiones sobre sanciones, reconocimientos y apoyos selectivos pueden inclinar balanzas que las urnas no han podido.
María Corina no resolvió la doble fractura. Pero la hizo visible. Y eso, en política, es el primer paso.
El riesgo gatopardiano
Venezuela atraviesa hoy una transición. El escenario cambió, pero los actores son los mismos.
Y con ellos, las prioridad es garantizar la cuota de poder antes que la reconstrucción del país. Asegurar la posición antes que definir el proyecto. El pacto tácito de élites que ha operado durante décadas como mecanismo de supervivencia busca ahora operar como mecanismo de poder. Es el mismo pragmatismo, claro, con distinta envoltura.
Ese es el riesgo gatopardiano. No el ideológico sino el estructural. Que todo cambie para que la doble fractura permanezca intacta. Que el liderazgo siga siendo predominantemente caraqueño, con su tamiz rentista, mirando el país desde arriba. Y que la Venezuela profunda —la que respondió masivamente a una propuesta de meritocracia y de trabajo— siga esperando una arquitectura que lo incluya.
Ni los herederos de Vichy ni siquiera María Corina, quizás, han hecho un diagnóstico completo. Ambos operan dentro de la fractura sin nombrarla. Y mientras no tenga un nombre, no se resuelve.
Ese es el objeto de este artículo. Compartir lo que viví de cerca al comienzo y lo que hoy observo a distancia.
Venezuela no solo necesita un cambio de gobierno. Necesita una visión consonante con su geografía, y una arquitectura política que responda a su vocación federal.
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