El drama y la confusión

Con frecuencia asociamos guerra con declaraciones formales y movilizaciones masivas; con tanques, trincheras, flotas y frentes claramente definidos; también con metralla, el retumbar de bazucas y bombardeos. Son todas imágenes de la guerra más cruenta, la Segunda Guerra Mundial.

Después de 1945, todo cambió. No la propensión al conflicto sino la forma de hacer guerra. La Guerra Fría es un ejemplo. La espoleta fue el Sputnik II y la declaración de guerra la Carrera Espacial.

Pero las imágenes de otrora siguen profundamente arraigadas en el subconsciente. Tanto que despierta la inquietud de que pudiéramos estar hoy mismo en medio de una guerra decisiva, una guerra que estando allí -a plena vista de todos- muy pocos reconocen.

Las guerras han cambiado por razones que conocemos.

Las armas nucleares convirtieron en un acto suicida la confrontación directa entre potencias nucleares . Como consecuencia, los conflictos fueron migrando progresivamente, primero, al uso de proxys, y cada vez más —en un mundo cada vez más interconectado— hacia las redes sistémicas: la energía, las finanzas, la tecnología, las cadenas de suministro, las comunicaciones y la información, así como a su interacción —en sus nodos críticos— con las tensiones territoriales y rivalidades geopolíticas muy arraigadas.

La tesis de este ensayo es sencilla.

La guerra-guerra, la guerra grande, ya está aquí y su historia comienza en su escenario actual.


Ocurrió en 2004.

La derrota militar del régimen de Saddam Hussein había sido rápida. Lo que resultó realmente trascendente —y sigue vivo— fue la ocupación. La disolución del ejército y de los cuerpos policiales, componentes además sunitas en una nación mayoritariamente Shia, creó un vacío en el corazón de una de las regiones más sensibles del planeta.

Irak es un país ancestral, la antigua Mesopotamia, geográficamente vecino del Estrecho de Ormuz, un angosto codo de mar por donde transita una parte sustancial del suministro energético mundial.

Iraq comparte frontera con Irán, la antigua Persia, cuyas aspiraciones expansivas habían sido contenidas durante décadas por el régimen de Saddam Hussein, un régimen igualmente brutal, pero ideológicamente opuesto, que además mantenía la ficción disuasiva de poseer un arsenal de armas de destrucción masiva.

Cuando Estados Unidos invadió, era —como nación— dueño absoluto de un mundo unipolar. La premisa —la posesión de armas nucleares— fue la misma ficción disuasiva de la que Saddam Hussein se servía para contener a Irán, solo que aquí sirvió de pretexto para invadir. El informe de inteligencia que la sustentó fue, en el mejor de los casos, un error monumental. En el peor, una fabricación.

Solo tres países, una alianza exigua, físicamente lo acompañó —Inglaterra, Australia y Polonia— y a medida que la ocupación se volvió más difícil y costosa, y —a los ojos del mundo— más absurda, el prestigio de Estados Unidos —el único árbitro en aquel mundo unipolar— se vino abajo.

Las consecuencias no tardaron en aparecer.

Al producirse el vacío se formó un corredor chiita entre Irán y el Mediterráneo, permitiendo a Irán, con su Guardia Islámica Revolucionaria, expandirse libremente y cultivar proxys cruzando la geografía de Irak hasta llegar a Siria y el Líbano, país que, al igual que Siria, es vecino de Israel.


Luego llegaron los aceleradores.

El primero fue financiero.

La crisis financiera mundial de 2008 desató una ola especulativa que transformó los flujos de capital y los ingresos de los Estados petroleros. Los elevados precios del petróleo fortalecieron a importantes países exportadores. Rusia emergió de la debilidad que había caracterizado buena parte de la década posterior al colapso soviético e Irán también se fortaleció acelerando tanto su expansión regional como su programa nuclear.

El segundo acelerador fue digital.

La aparición del teléfono inteligente —introducido por Steve Jobs en enero de 2007— extendió universalmente las redes sociales y la comunicación instantánea. La Primavera Árabe, que derribó regímenes en Túnez, Egipto y Libia, demostró su efectividad como herramientas de movilización social.

La guerra civil siria surgió al converger el vacío creado en Irak y la expansión iraní hacia el Mediterráneo, con el contagio político desencadenado por la Primavera Árabe, desatando en 2011 en Siria su Guerra Civil.


El surgimiento del ISIS.

Pero el surgimiento del califato islámico reveló algo aún más profundo.

Puso al descubierto una fractura histórica dentro del propio mundo musulmán.

El desmantelamiento del régimen de Saddam Hussein había alterado el frágil equilibrio regional entre fuerzas sunitas y chiitas. A medida que la influencia iraní se expandía por Irak, Siria y el Líbano, los sunitas, como un todo, se sintieron marginados.

La mayoría sunita de Siria fue el punto de convergencia.

El ascenso de ISIS no fue únicamente producto del extremismo religioso. También reflejó la desarticulación política y militar provocada por el colapso del Estado iraquí. Varios líderes fundamentales, incluido su fundador y primer “califa”, había estado encarcelados en prisiones administradas por Estados Unidos en Irak.

El movimiento transformó un vacío político local en una fuerza transnacional capaz de activar tensiones históricas, religiosas y geopolíticas en todo Oriente Medio.


La expansión hacia el hemisferio occidental fue inmediata.

Poseedora de una de las mayores reservas probadas de petróleo del mundo y beneficiaria fundamental del auge de los precios del petróleo que provocó la crisis financiera global, Venezuela —estrechamente aliada con Cuba— desarrolló vínculos cada vez más estrechos con Rusia, China y, de manera mucho más cercana, con el eje Irán-Siria.

Así, la energía, las finanzas, la logística y la cooperación política, asociada además a la emigración forzada, el tráfico de pasaportes, el narcotráfico, la extracción de metales preciosos, y la manipulación electoral, tejieron nuevos nexos entre el Golfo Pérsico y el Caribe, fortaleciendo vínculos a la vez que la red se extendía a todo el hemisferio.

Mientras tanto, Rusia se reconstruía.

El alza del petróleo también permitió a Rusia financiar la modernización de sus fuerzas armadas. La posterior anexión y consolidación de Crimea, respondiendo a la necesidad de aguas cálidas, aseguró la sede de la Flota del Mar Negro. Moscú también reforzó su posición en Siria rehabilitando y ampliando su puerto sirio en Tartus, punto crítico de reabastecimiento de su flota en el Mediterráneo.

De manera que, partiendo del Golfo Pérsico, en un punto adyacente al Estrecho de Ormuz, el vacío de Irak, aunado a los aceleradores concurrentes, el conflicto se había expandido en pocos años hacia el Mediterráneo Oriental, las Américas, el Mar Negro, Rusia y más allá.


UN CONFLICTO DE DOS FASES

Entre 2004 y 2019, la naturaleza de esta guerra fue esencialmente expansiva. Nuevas regiones, actores y dominios fueron agregándose como por contagio. El campo de batalla se hacía cada vez más amplio, pero igualmente difícil de reconocer.

De pronto, Estados Unidos y China entraron en una competencia cada vez más intensa en materia comercial, tecnológica, de telecomunicaciones, semiconductores. El virtual monopolio de China en el área de minerales estratégicos —las llamadas “tierras raras”— fue un punto contencioso. También las comunicaciones. La globalización económica, proclamada en Malta al finalizar la Guerra Fría, comenzaba a revelar preocupantes brechas de vulnerabilidad.

Entonces llegó el COVID.

Aunque su origen continúa siendo objeto de debate, su coincidencia con los principios de Sun Tzu no puede ser ignorada. Una estrategia que inmoviliza al adversario y paraliza a las economías más avanzadas del planeta sin que éste pueda responder, deja suficiente espacio para la especulación, tanto más cuando —tres años después— las cifras de mortalidad reportadas por China, país en el que apareció el virus, fueron insignificantes, mientras la Organización Mundial de la Salud revelaba un exceso de 14,9 millones de fallecimientos en el resto del mundo.

Aun así, a los fines de este análisis, el origen poco importa. El hecho objetivo es que la pandemia transformó el entorno estratégico mundial.

Las cadenas de suministro se fracturaron. Las fronteras se cerraron. Los gobiernos redescubrieron la importancia de la resiliencia nacional. La seguridad económica pasó a ser inseparable de la seguridad nacional.

El conflicto adquirió un nuevo impulso.

Y la guerra se hizo a la vez más visible y más compleja.


La creciente complejidad de la guerra se reflejó no solo en la multiplicación de actores, también se multiplicaron los frentes. Terrorismo, ciberguerra, lavado de dinero, narcotráfico, redes de distribución de fentanilo, campañas de desinformación y programas informáticos maliciosos demostraron cada vez más su capacidad para afectar —desde afuera— la seguridad, la estabilidad política y la cohesión social de una nación adversaria.

Las redes no solo perforaron las fronteras físicas sino que desdibujaron también la frontera entre el campo de batalla y la sociedad.

A la vez, la tecnología —y los nodos críticos— emergían como nuevos frentes.

La inteligencia artificial, los semiconductores, los datos, las comunicaciones y la capacidad de procesamiento se transformaron en instrumentos de poder. La competencia se extendió progresivamente hacia los sistemas que sostienen la civilización moderna, y con ello, la energía —y singularmente el petróleo— volvió a ocupar un rol protagónico tanto en política como en geopolítica.

El centro de gravedad geopolítico regresó al Medio Oriente.

Entre tanto, China avanzaba hacia el Medio Oriente. Primero profundizó su asociación estratégica con Irán al tiempo que mejoraba sus relaciones con Arabia Saudita. Los BRICS, originalmente una agrupación principalmente simbólica de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, formalmente se amplió para incorporar los mayores exportadores de petróleo. Irán, Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos junto a Egipto fueron formalmente integrados, emergiendo el esbozo de una estructura mercantil paralela desdolarizada.

Energía, flujos financieros, inteligencia artificial —tres fuerzas que la historia nunca había visto juntas— se convertían en trillizos siameses de la nueva Era.

La siguiente evolución del conflicto surgiría —inevitablemente— en la intersección de estas tres fuerzas con el temor nuclear, y las rivalidades ancestrales de la región.


Los Acuerdos de Abraham, promovidos por Estados Unidos en un intento por reducir las tensiones árabe-israelíes, avanzaban aún antes de que el presidente Trump —su iniciador— regresara al poder.

Fue allí cuando se produjo el vicioso ataque del 7 de octubre perpetrado por Hamas, un proxy de Irán, y la cruenta guerra regional que se inició al desatar Israel una contraofensiva implacable no solo contra Hamas, sino también contra el Hezbollah del Líbano, y los Houthis en Yemen, culminando con la destrucción de las defensas antiaéreas de Irán.

Lo que inicialmente parecía un conflicto regional en el Medio Oriente reveló rápidamente implicaciones mucho más amplias.

Irán con sus proxis de un lado, y del otro, Israel y EE.UU. —que se integra para reforzar la ofensiva, en su caso, por la amenaza nuclear iraní— se convirtieron en protagonistas de la confrontación regional más extensa desde la Segunda Guerra Mundial.

Las rutas marítimas, los flujos energéticos y financieros se entrelazaron con los misiles, bombardeos de precisión, operaciones encubiertas del Mossad, los drones y la diplomacia.

El comercio mundial también resultó afectado.

Las principales rutas de navegación a través del Mar Rojo y los accesos al Golfo quedaron crecientemente expuestos a interrupciones provocadas por los hutíes, una fuerza subsidiaria de Irán establecida en Yemen.

El mismo patrón aparecía en otros escenarios.

Drones diseñados por Irán aparecieron en Rusia y llegaron a los campos de batalla de Ucrania. Las sanciones económicas se transformaron en instrumentos de guerra. Las operaciones cibernéticas pasaron a formar parte habitual de la competencia estratégica. La inteligencia artificial —y la demanda de energía que su desarrollo conlleva— emergió como un espacio de rivalidad encarnizada.

El Golfo, Ucrania, el ciberespacio, los mercados financieros, las cadenas de suministro y las tecnologías avanzadas comenzaron a funcionar como teatros interconectados de una misma lucha global.

Europa también fue arrastrada al vórtex. La guerra en Ucrania obligó a un continente acostumbrado al dividendo de paz de la era post-Guerra Fría a enfrentar una realidad incómoda: su seguridad había sido subcontratada, sus dependencias energéticas convertidas en armas, y sus presupuestos de defensa vaciados por décadas de complacencia.

Atrapada entre la presión de rearmarse y las fracturas políticas provocadas por el auge de los movimientos nacionalistas, la Unión Europea enfrenta un desafío único a su naturaleza: encontrar terreno común entre miembros cuya historia, geografía y percepciones de amenaza divergen profundamente.

Absorber el costo de la defensa de Ucrania, liberarse de la energía rusa y mantener unida una alianza tensionada por intereses nacionales en pugna — todo a la vez — es una prueba que ninguna generación anterior de líderes europeos había enfrentado. Por primera vez desde 1945, Europa se encuentra atrapada entre dos presiones simultáneas: la exigencia de proyectar poder más allá de sus fronteras — hasta el Estrecho de Ormuz — y el peso aplastante del encarecimiento desbocado de la energía en casa.


Una vez más, el conflicto regresaba a su punto de origen.

Ormuz sigue siendo central porque es allí donde convergen la energía, las finanzas, la seguridad y la competencia entre las grandes potencias. También las rivalidades extremas propias del Medio Oriente. Y la amenaza nuclear.

Más de veinte años después de la ocupación de Irak, la atención del mundo ha regresado a la encrucijada estratégica en la que estos acontecimientos se desataron.

No se trata claramente de un acontecimiento aislado.

Estamos viviendo la etapa decisiva de una guerra, de la Guerra Global III, que comenzó en 2004, sin que nadie imaginara el recorrido, brotando como volcán encendido en medio de un gran vacío, haciéndose más y más visible, más intricada y más compleja.

Sí, es cierto. Es absolutamente cierto. Esta guerra no se parece a las anteriores. A ninguna.

De allí el drama y la confusión que domina el debate público y el motivo por el cual tantos —incluso en las más altas esferas de poder— parecen estar viendo hoy, en el Estrecho de Ormuz, solo un conflicto regional.

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